domingo, 21 de noviembre de 2010

Felicidad.

Felicidad, aquello que a todo el mundo nos resulta tan difícil de explicar. ¿Cómo podemos saber con certeza si realmente somos felices? Alguien muy importante para mí me dijo una vez que la felicidad no se busca, se encuentra. Se acercó lentamente a mí y me susurró al oído: la felicidad es vivir la vida a tope, sin tener que llorar después. En ese instante me sentí con fuerzas para todo, era una bomba de felicidad a punto de estallar. Cada vez que me encuentro mal, esa frase es capaz de darme fuerza y empujarme un poco hacia la felicidad.
Habían pasado ya casi dos semanas y no había sido capaz de contestar la carta de John. Estaba insegura, el miedo fluía por mis venas. Pero en el fondo sabía que responderle era mi obligación, sino no me lo perdonaría nunca.
Cogí un bolígrafo con las manos temblorosas y lo arrimé al folio en blanco. No era inspiración lo que me faltaba, pues había pensado en la respuesta todas las noches desde que la recibí, era valentía o temor a volver a sufrir. A nadie le gusta sufrir. Pero es peor no arriesgarse, así pues, comencé a escribir.
Una vez terminada busqué la dirección en la carta que recibí de él. Ya no había vuelta a atrás, la decisión estaba tomada. Y podría afirmar que en ese momento era feliz, porque había hecho lo que quería y algo dentro de mí me decía que no me iba a arrepentir de ello. Por eso no tenía nada mejor que hacer que ir a correos y después caminar, sin rumbo, como de costumbre, pero caminar. Sentir el aire en mi cara y disfrutar.  Adoro mirar a mi alrededor y observar a la gente, sus detalles y sus manías. Porque para mí hay mucho mundo por descubrir, y que mejor cosa que hacer que conocer.
Pero, ¿qué veían mis ojos? Me paré en seco. Eran Lara, Silvia y Sam, parecían perdidos y se dirigían hacia donde yo estaba.
Lara y Silvia eran mis mejores amigas y, Sam mi ex. ¡Qué ilusión! Rápidamente fui a saludarlos con una amplia sonrisa.
-Chicos ¿Cómo vosotros por aquí?
-¡Eva! – gritaron todos a la vez. –Íbamos a darte una sorpresa, pero te has adelantado.
Fuimos a tomar café y hablamos de muchas cosas. Ellos vivían en un pueblecito cerca de Nueva York. Yo  me había ido a vivir a la gran ciudad hace apenas dos meses junto a Charles, Andrew y Soffie. Les comenté la carta de John y no dudaron en aconsejarme que entramara una amistad con él. Y con risas, anécdotas e historias finalizó la tarde y tuvieron que volver a sus respectivas casas. Ahora sólo me quedaba esperar la respuesta de John.


viernes, 12 de noviembre de 2010

La ilusión del día a día.

Era un martes nublado a primera hora de la mañana. Tenía prisa por llegar a la estación pues debía irme fuera de la ciudad durante todo el día, por motivos de trabajo. Al salir de casa, tropecé con algo. Miré hacia el suelo, era una carta para mí. El sobre parecía antiguo. En él había un sello de color rojizo y mi nombre junto con mi dirección, escritos a mano. La guardé en mi bolso y continué mi trayecto hacia la estación.
Cuando ya me había acomodado junto a la ventana del tren, me dispuse a leer la carta:

"Querida Eva:
Lo primero decirte que no sé con certeza si esta carta va dirigida a ti. He buscado tu nombre por todas partes hasta encontrar esta dirección. Al igual que a ti, la carta se la he enviado a unas siete Evas más. 
El motivo de la carta es encontrar a una chica joven que conocí un sábado lluvioso en una pequeña plaza de Nueva York tarareando "you're the sunshine of my life". La persona que busco tenía unos preciosos ojos que lograron captar mi atención y, sobre todo, me sorprendió su seguridad en sí misma.
Puedes llamarme loco si lo crees, pero si eres tú esa chica, por favor respondeme. Me gustaría conocerte, si no te importa.

Mil saludos,

un idiota llamado John. "

Me dejó sin palabras a la vez que despertó aún más mi curiosidad por John y su historia.
Realmente merecía la pena contestar esa bonita carta.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Las casualidades existen.


En ese preciso instante tuve la necesidad de mirar al cielo, ver su rostro plagado de estrellas y sentir lo pequeña que soy. Identificarme con un trocito del mundo, pequeño, pero indispensable como cualquier ser o elemento más de este inmenso universo. Intenté tararear en mi cabeza una de mis canciones preferidas, you're the sunshine of my life, a la vez que desplazaba mi cabeza hacia arriba. Al fin, dirigí mi mirada hacia el cielo y pude ver gran cantidad de pequeñas luces, pero ninguna de ellas pertenecía a las estrellas. ¿Qué le había ocurrido a Nueva York? ¿De verdad la gente prefería llenar de luces las calles nocturnas de esta gran ciudad antes que poder apreciar el brillo humilde y sincero de las hijas del universo, sobre la intensa oscuridad?
Añoraba y añoro la hermosa sensación que buscaba entre los altos rascacielos de Nueva York. Insatisfecha tras no poder satisfacer mis impulsos, me dirigí hacia delante dando pequeños pasos y observando cada pisada que daba. Seguí caminando sin rumbo, esperando a que algo despertara mi corazón aquella fría noche de Diciembre. Tras una eternidad caminando e involucrándome entre la multitud enfurecida del centro, pude llegar a un pequeño lugar alejado del vulgar ruido de las calles principales, donde algo alegró a mi oído. ¡Qué casualidad! Alguien estaba tarareando you're the sunshine of my life. Una sonrisa se adueñó de mi rostro e intenté localizar al autor de esa hermosa canción. 
¡Allí estaba! Sí, sentado en un banco de la pequeña plaza junto a una fuente. Se trataba de un chico de unos 25 años, más o menos de mi edad, que vestía unos pantalones beige y un abrigo y un gorro azul oscuro. Como una niña, me dispuse a ir y preguntarle el motivo por el cual había elegido aquella canción.
-Buenas noches. He oído cómo entonaba “you're the sunshine of my life” y quiero que sepa que es una gran canción y que gracias a usted vuelvo a casa con una sonrisa en la cara.
-No sabe cuánto me alegro de ello. Por cierto, me llamo John.
-Eva -dije tímidamente sin dejar de sonreír.- ¿Por qué esa canción?
-Me trae buenos recuerdos de una historia que no puedo olvidar, y menos este 11 de Diciembre. Siéntese, por favor.
Así lo hice. Sentía curiosidad por saber su historia, pero no me atreví a preguntarle sobre ella. Entonces entramamos una pequeña  conversación sobre gustos y aficiones hasta las que el frío nos rodeó y tuvimos que volver a nuestros respectivos hogares. Sin duda, el día no había estado nada mal.